sábado, 27 de marzo de 2010

Genio y Figura



De pronto sintió que por esa noche era suficiente. Hacía rato que había algo que le fastidiaba en el cuerpo. Como si hubiese tomado de más, o su ropa se hubiese impregnado del olor característico las pizzerías porteñas. Pero él no gustaba de esos lugares. Le gustaba mantener su ropa siempre bien perfumada, prolija, bien planchada. Aunque esa noche algo no andaba bien: definitivamente algo apestaba. Así que mientras caminaba de regreso hacia su casa pensó que tal vez debía cambiar de lavadero, que no podía ser que su ropa le durara tan poco tiempo perfumada, que era una vergüenza andar así por las veredas. Pero le costaban los cambios, era un tipo rutinario.

Vivía en un departamento de la calle Sarmiento prolijamente acomodado y todo en su vida se regía estrictamente a tiempo. Por eso, cuando llegó a su puerta, no necesitó buscar sus llaves porque el encargado conocía su rutina y le franqueó la entrada.
Subió las escaleras que lo separaban del primer piso sintiéndose cada vez peor y al entrar a su casa, se dirigió directamente a su cuarto y empezó a desnudarse con un tremendo esfuerzo por quitarse aquella ropa que ya le producía quemazón... pero casi me roba el final del cuento frente a la impresión que le produjo aquella visión... un gran agujero negro en medio del pecho abierto y chamuscado, aunque sin dolor.
Alcanzó a pensar que definitivamente debía cambiar de lavadero antes de... morir de soledad.